Las Maravillas de Aprender un Idioma

“Algunas palabras alemanas son procesiones alfabéticas” Mark Twain
 
Mi primera migración fuera de Chile fue a Viena, Austria. Sin embargo, mi primera migración fue dentro de Chile, de Valparaíso a Santiago… mis amigos de aquella época me llamaban “Carmela” o “de Chaitén”, porque sí, muchas veces la capital me quedaba “grande”.
 
Fue un mes después del terremoto 8.8 del 2010 y de esa tremenda erupción de un volcán en Islandia (Eyjafjallajökull), entonces hasta una semana antes de volar, no sabía si podría, pues los aeropuertos de gran parte de Europa estaban cerrados por culpa del humo y de las cenizas del volcán, y claro, en Chile estaban reconstruyendo el aeropuerto Pudahuel, que sufrió muchos daños estructurales serios después del “meneito” 27F .
 
Mientras tanto, yo había renunciado a mi trabajo para pasar un par de semanas en Valparaíso, junto a mi familia y amigos. Planeando todo, como siempre, juntando información, leyendo y… aprendiendo alemán.
 
El alemán. Ese idioma que antes de comenzar a planear ir a Viena sólo conocía de películas y alguna que otra canción de Falco o Rammstein. Que me parecía chistoso y muy duro. Me hacían reír los chistes de Otto y Fritz. Me gustaba el Kuchen y el Strudel de manzana. Algunos amigos ya hablaban alemán y además conocí muchos alemanes en mi época de voluntaria en Hospitality Club . Sin embargo ¡qué distinto es enfrentarse al idioma cuando vas a la primera clase!
 
Es otro mundo. Otra lógica. Se usan otros músculos de la boca para pronunciar la ö, la ä, la ü. Existen palabras tan kilométricas como Nahrungsmittelunverträglichkeit (intolerancia alimentaria)o Lebensverschicherungsgesellschaft (Compañía de Seguros de Vida) que tienes que pronunciar de una sola vez y sin respirar. Palabras con sólo una vocal : Herrschst, tu gobiernas, reinas. Y así, podría dar más y más ejemplos, pero asumo que ya se lo pueden imaginar.
 
Cuando estuve en Viena por primera vez, de vacaciones y todavía no pensando seriamente en vivir ahí, visité un curso de alemán durante 1 mes, de Lunes a Viernes, 3 horas al día. Con eso, suponía yo y la profesora que lo impartía, podría comunicarme básicamente y preguntar la hora o dónde queda la parada del metro. Por suerte no tuve que utilizarlo excepto para pagar en la caja del supermercado, porque estuve siempre acompañada por nativos que hablaban español y ellos se encargaban de arreglar todo para mí.
 
Pero esta vez, el 2010, 2 años después de ese curso intensivo de alemán, iba en serio. Me iba a vivir a Austria. Quería estudiar, hace un máster en psicología clínica. Quería trabajar y ser independiente. Y para eso necesitaba el idioma.
¿Les mencioné lo difícil que era el idioma para mí? No creo que mis palabras puedan reflejar jamás lo que sufrí, cuantas horas pasé llorando porque no entendía las reglas gramaticales, porque no pronunciaba bien, porque la gente no me entendía o, lo que era peor aún, ¡yo no le entendía a la gente!
 
Los que han pasado por esto me van a entender: cuando la gente austríaca me hablaba, especialmente las personas de más de 50 años, y yo no les entendía y les pedía que me repitieran lo que habían dicho, lo repetían EXACTAMENTE IGUAL de mal pronunciado, pero gritando. La mayor parte del tiempo, obviamente, seguía sin entenderles y claro, ellos hacían un gesto de hartazgo, giraban sus ojos hacia arriba y se iban refunfuñando algo que no entendía, pero seguramente no era muy amable.
 
Así pasaron meses, en los que lo pasé bastante mal, me sentía inútil, tonta, dependiente. Quería rápidamente poder expresarme en alemán como lo hago en español. Frustración extra añadida al hecho de que el lenguaje es mi medio principal de trabajo y no conseguía llegar ni a la mitad del nivel que tengo en mi lengua materna. Rabia hacia mi misma por no lograrlo. Miedo a nunca poder hablar bien… ¿les suena?
 
Ese proceso doloroso fue largo. Aproximadamente 18 meses hasta sentirme capaz de mantener una conversación “no-cavernícola” en alemán. Estudiaba mucho, leía mucho, practicaba mucho con gente austríaca, veía películas, series de TV y noticiarios con subtítulos en alemán. Hacía todo como “se debía”. Pero el factor que no contemplé y comprendí mucho tiempo después: el tiempo. Tan banal como suena, pero tuve que dejar a mi cerebro asimilar toda esta nueva información, todas estas nuevas sinapsis. Tal como la masa antes de hacer el pan, tuve que dejar “reposar” todo lo que aprendía. Mirando hacia atrás ahora lo comprendo y le encuentro sentido. Pero claro, en ese momento el “ten paciencia” no me ayudaba para nada.
 
Así que ahora haré lo mismos con mis lectores que están aprendiendo y luchando con un nuevo idioma en el país en el que decidieron estar: tengan paciencia. Practiquen, encuentren maneras creativas de seguir aprendiendo, sigan haciendo todo lo que hacen e incluyan también el tener y tenerse paciencia. Lleva tiempo aprender un idioma nuevo. Mucho tiempo hasta manejarlo bien. Y mucho más hasta sentirse completamente seguros. Pero lo van a lograr, ya verán.
 
Si estás pasando momentos difíciles por este u otros motivos, contáctame. Conversemos.